La La Land

La La Land

 

Antes que nada tengo que aclarar que a mí, personalmente, nunca me han gustado los musicales. Sin embargo hay dos clásicos que, por su historia o por la manera en la que la cuentan, me parecen auténticas obras de arte: “Cabaret” y “Cantando bajo la lluvia”. Una vez aclarado esto puedo decir que “La La Land” me ha recordado en muchos aspectos al segundo de los musicales mencionados, el protagonizado por Gene Kelly y la recientemente fallecida Debbie Reynolds. Y no sólo porque su protagonista femenina también sea una pizpireta pelirroja llena de energía (estupenda como siempre Emma Stone, sin duda una de las mejores actrices de su generación, hay que verla en versión original para apreciar lo profundo de esa voz), sino por la alegría de vivir y el colorido de los números musicales (al menos en su primera mitad), así como el homenaje al cine clásico de Hollywood.

 

Porque “La La Land” nos engaña desde un principio con su apariencia de musical intrascendente, romántico y ligero. En realidad, en su interior se esconden diferentes capas, cada una de ellas aportando un tono ligeramente más oscuro. Porque desde los títulos de crédito quede claro que se trata de un musical al estilo clásico, lleno de colores brillantes y de esa incongruencia típica del género en la que los personajes de repente se ponen a bailar para acto seguido continuar con la historia como si nada (por cierto, ¡qué estupendo el número inicial en el atasco de tráfico! ¡Qué ganas entran de saltar del asiento y ponerse a bailar allí mismo, en la sala de cine! ¡Fantástica esa señora andaluza en mitad del sarao de la carretera…!). Pero “La La Land” también es una comedia romántica (la historia de amor es el centro de la película) que empieza divertida, con la típica lucha de sexos tipo Katharine Hepburn-Spencer Tracy. Y (¡oh, horror!) desemboca en un amargo drama de sabor agridulce con muchos puntos en común con “Tal como éramos”, aquella melancólica historia de amor protagonizada por Robert Redford y Barbra Streisand (por cierto, también con una pegadiza canción central cantada por la actriz).

 

Y también es una peli llena de homenajes al cine y al jazz, dos artes que tristemente van desapareciendo de nuestras vidas. La imagen de Ingrid Bergman es omnipresente en los pósters del apartamento, en los carteles de la calle, en la película de Hitchcock anunciada en el cine (“Notorious”/”Encadenados”)… Pero además, en la escena final, sobrevuelan sobre el local (aunque no lleguen a pronunciarse) las palabras que Humphrey Bogart le dirigió en “Casablanca” cuando la vio entrar en su establecimiento: “De todos los garitos de Casablanca, tuviste que entrar en este…” Y luego está el cierre del cine donde se proyectan películas clásicas… (¿Qué ha sido de todos nuestros cines?). Y lo mismo ocurre con el jazz, del que dicen varias veces en la peli que es una música agonizante… Es también la gran pasión del personaje masculino interpretado por Ryan Gosling (otro gran actor de voz profunda, y ¡cómo maneja el teclado!). Porque al fin y al cabo, esta es la historia de una chica que quiere ser actriz y de un chico que quiere abrir su propio local de jazz. Los dos son tozudos y pasionales. La química entre ellos es obvia. Y claro, se enamoran, muy a su pesar. Gosling y Stone hacen un magnífico trabajo en la línea de los actores de los años 50, que lo mismo interpretaban que bailaban que cantaban. Da gusto verles enamorarse (divertidísima la escena en la fiesta en el jardín en la que él está actuando). Pero, ¡ay!, el camino elegido no está tan sembrado de rosas como parece.

 

Un número musical inicial espectacular y otro final que no se queda corto. En medio, una historia romántica, el ritmo decae, de pronto se transforma en algo diferente. Una pregunta se mantiene en el aire: ¿Hasta dónde merece la pena perseguir los sueños? Ya les han caído un montón de Globos de Oro. Los siguientes serán los Oscar. Creo que Emma Stone y Ryan Gosling van a tener un largo reinado del que disfrutar este año.

 

-Roberto Menéndez

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