tierra de dios

TIERRA DE DIOS

Calificada por la crítica –o el marketing- como el “Brokeback Mountain” inglés, es cierto que “God´s own country” (su título original) contiene varios puntos en común con aquella, pero muy a su favor se separa radicalmente para encontrar su propia personalidad. También podría compararse con la producción vasca “Ander”, que narraba cómo el dueño de un caserío se enamoraba del inmigrante que llegaba a trabajar su tierra. Hasta ahí las comparaciones. O no.

Una granja en mitad de la nada en los áridos páramos de Yorkshire, el mismo paisaje que inspiró a las hermanas Brontë dramas como “Cumbres Borrascosas” y “Jane Eyre”. Un joven granjero educado en la miopía emocional que se comporta casi más como una bestia guiada por sus instintos primarios que como un ser humano. Una familia asfixiante y exigente incapaz de una muestra de cariño. Trabajo de sol a sol. Tedio, asco y borracheras. Y en mitad de todo eso, entra en escena un emigrante rumano de mirada dulce con ganas de trabajar y echar raíces. El cóctel de pasiones está servido. ¿Se dejará el director llevar por la tradición de sus ilustres antecesoras?

Al igual que en “Brokeback Mountain” la historia se desarrolla en entornos “masculinamente brutos” y los dos protagonistas tienen que pasar un tiempo aislados cuidando animales. Pero todo lo que en la hollywoodense era impostura y pose en busca de la calificación de “primera historia gay de vaqueros filmada en Hollywood”, en esta es naturalidad, pasión y sentimiento. Aquí no importa que los dos personajes sean hombres, porque todo lo que ocurre entre ellos o en la granja misma, es real y totalmente creíble: los partos de vacas y ovejas, la mugre, la sangre, las vísceras, el trabajo esforzado de madrugada, y también la saliva, los roces, la pasión contenida, los besos… Personalmente nunca llegué a creerme que entre Jake Gyllenhaal y Heath Ledger circulase una pasión real y mucho menos un enamoramiento que pudiese marcar sus vidas. Sin embargo en “Tierra de Dios” en ningún momento llegas a dudar de que esté pasando. Las pasiones se huelen, y cuando afloran, los sentimientos también.

No es casual tampoco la comparación con la obra de las hermanas Brontë, ya que las ruinas en las que se desarrolla el primer encuentro entre los protagonistas son realmente lo que queda de la casa que inspiró a Emily su obra magna de pasiones y tragedias: “Cumbres Borrascosas”. Quien haya estado allí sabe que su silueta es inconfundible. Obviamente el director, Francis Lee, bebe de las fuentes de su tierra para crear una historia totalmente distinta, que se aleja de los tópicos sobre las películas gays que desembocan inevitablemente en tragedia. La sociedad ha avanzado y eso tiene que reflejarse en el cine, dejando que la naturalidad fluya de manera orgánica como ese barro que todo lo ensucia, como el orden de las cosas: según nacen las ovejas los sentimientos van in crescendo, al igual que nuestra aproximación a unos personajes (Josh O´Connor y Alec Secareanu) a los que quieres seguir conociendo. ¿Qué pasará en sus vidas en esa granja perdida donde no hay ni cobertura ni internet? Eso sólo el tiempo nos lo diría. Pero estamos en el cine y la hora y media se ha terminado.

Roberto Menendez

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