BAR BAHAR (entre dos mundos)

Tres mujeres muy distintas se ven obligadas a compartir piso. Hasta ahí nada nuevo. Se ha visto ya en innumerables películas y series de televisión. Pero si a esta premisa le añadimos un marco geográfico muy concreto: Tel Aviv, y una cultura conflictiva (Israel lleva décadas ocupando territorio palestino), ultraconservadora y machista hasta el límite del heterocentrismo, ya tenemos unos ingredientes más que interesantes. Si además estas tres mujeres son de orígenes y estilos de vida divergentes (palestinas con pasaporte israelí pero la una musulmana practicante, la otra de origen cristiano y lesbiana y la última liberal laica) ya tenemos una mezcla condimentada suficientemente como para crear un plato exquisito. Porque “Bar Bahar” (de la directora primeriza Maysaloun Hamoud) es una muy buena película, bien narrada y excelentemente interpretada.

“Bar Bahar” fue la película más premiada en la última edición del Festival de San Sebastián y se puede decir que se trata de un film rabiosamente moderno, eso sí, sin estridencias. Una de esas pequeñas joyas que surgen del cine de bajo presupuesto que se hace por todo el mundo y en el que sobreviven las grandes historias que proyectan la realidad, las vidas de las personas normales. Y digo sobreviven porque en la mayoría de los casos es difícil que encuentren su ruta comercial en un camino pavimentado de superhéroes, remakes, reboots y comedias pavisosas con rubias oxigenadas y abdominales inverosímiles.

Con una original banda sonora y un trío de actrices de fuerza envidiable, nos llega esta historia de mujeres que quieren vivir la vida tomando sus propias decisiones en un mundo en el que es el hombre el que habitualmente decide por ellas. Y es también la historia del precio que deben pagar por ello. Pero al mismo tiempo es una trama de solidaridad femenina, con momentos mágicos, como ese en el que afrontan el terrible drama de una de ellas, las tres tiradas en el suelo del cuarto de baño. La ternura y la naturalidad que esa escena desprende es suficiente para resumir la película entera. Porque estas tres mujeres no podían ser más diferentes. Y para muestra sus estilos capilares: una de ellas no se quita el velo que le exige su religión a pesar de estudiar en la universidad, otra muestra un físico exuberante de rizos indomables y es una profesional del derecho que no admite que nadie le diga cómo debe vivir la vida; y la tercera se recoge el anárquico peinado según trabaje en la cocina de un restaurante o haga de dj mientras tiene que tomar serias decisiones si quiere vivir su sexualidad con libertad. Pero hay algo que las une y las iguala a las tres: la manera en la que la sociedad (no sólo la masculina) las ningunea, las discrimina y las trata de cambiar para que encajen en el molde que para ellas se ha formado durante siglos de patriarcado.

Y luego está la otra discriminación, la racial. Porque ellas representan a una minoría, la de personas palestinas (musulmanas, cristianas o laicas) que viven dentro de la sociedad israelí, para quienes no son más que ciudadanos de segunda o tercera (los de cuarta serían los palestinos de Cisjordania o Gaza que ni siquiera cuentan como personas). Todas estas capas de la historia se van desvelando en un excelente guion que descubre poco a poco la machista violencia de género (psicológica, verbal, física y sexual) que se cruza con un ambiente en el que por contraste, también se ven raves donde abundan las drogas, la música tecno, el ambiente gay, las blusas sugerentes y trasparentes, el alcohol y el tabaco. Porque Tel Aviv también esconde una sociedad moderna, donde los jóvenes viven casi como en Europa… siempre que no les vean sus padres. Sobre todo si son mujeres. Tampoco hace tanto que aquí vivíamos así, no lo olvidemos. O sea, que ojalá esta directora consiga seguir haciendo las películas que quiere y lleguen muchas más de sus historias hasta nuestras pantallas.

-Roberto Menéndez

Recommended Posts

Leave a Comment